Por mucho tiempo creí que amar era encogerme.
Creí que amar era aguantar desprecio. Aguantar migajas. Aceptar menos de lo que mi corazón necesitaba. Creí que estaba bien recibir migajas por amor.
Por mucho tiempo también creí que tenía que demostrar mi valor para que me amaran. Que mientras más yo hacía, más debían amarme. Que si yo daba más, entendía más, esperaba más, soportaba más… entonces tal vez me iban a elegir.
También llegué a creer que el desinterés era normal. Que era normal sentirme insegura.
Que era normal vivir confundida. Que era normal tener que adivinar lo que la otra persona sentía por mí.
Y hoy entiendo que muchas de esas ideas nacieron de mis heridas. De mi herida de abandono. De mi herida de rechazo. De haber sido una mujer que conoció el rechazo desde antes de nacer. De haber tenido que batallar tantas veces con el abandono, con no ser elegida, con sentir que tenía que hacer méritos para merecer amor.
Pero el Señor ha tenido que enseñarme algo muy importante: el amor no es nada de eso. Amar no es vivir infeliz.
Amar no es vivir ansioso/a.
Amar no es estarte encogiendo para que alguien se sienta cómodo contigo.
Amar no es callar tu voz, esconder lo que sientes o disminuir tu intensidad para que te quieran.
He tenido que aprender que el amor es mucho más que eso:
Amar es libertad.
Amar es paz.
Amar es poder ser tú sin miedo.
Amar es no sentir que tu ansiedad siempre está activada.
Amar es no sentirte castigado/a emocionalmente.
Amar es no perderte a ti mismo/a.
Y si Jesús me ama, y si Dios me hizo con intención, con valor y de manera especial, ¿por qué razón apegarme a un ser humano debería hacerme infeliz? No tiene sentido.
La Palabra dice que el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. Pero muchas veces hemos malinterpretado eso. Hemos confundido amor con aguantar maltrato, desconsideración, indiferencia, abuso emocional y todo tipo de desorden. Y no se trata de eso.
El verdadero amor ve los obstáculos y los atraviesa, sí. Pero no lo hace manipulando.
No lo hace presionando. No lo hace generando confusión constante. No lo hace dejando al otro emocionalmente roto en el proceso.
He tenido que aprender todo eso. Y sigo aprendiéndolo.
Este es uno de los pasajes más conocidos sobre el amor, pero muchas veces se lee de una forma demasiado romántica y superficial.
Pablo aquí no está hablando solo de emoción o de química. Está describiendo el carácter del amor desde una perspectiva espiritual y madura.
Está hablando de un amor que refleja verdad, dominio propio, humildad, limpieza de intención y consideración por el otro.
Por eso este texto confronta muchas de las cosas que el mundo llama amor.
Porque el amor real no manipula. No presiona. No juega con la mente del otro. No mantiene a una persona en una rueda constante de ansiedad, inseguridad y señales mezcladas. No necesita confundir para sostenerse.
A veces, cuando hemos vivido rechazo, abandono o relaciones inestables, el corazón aprende a normalizar lo incorrecto. Entonces llamamos amor a cosas que en realidad solo activan heridas.
A veces pensamos que porque sentimos mucho, porque lloramos mucho, porque nos afecta demasiado, entonces debe ser amor. Pero no.
A veces eso que se siente tan fuerte no es amor.
A veces es apego.
A veces es ansiedad.
A veces es miedo a no ser elegido/a otra vez.
A veces es la herida del abandono buscando alivio.
Y por eso es tan importante sanar. Porque cuando sanamos, empezamos a reconocer que el amor correcto no se siente como una guerra interna todo el tiempo.
No te mantiene en la confusión.
No te obliga a perseguir atención.
No te castiga con silencio.
No te hace sentir demasiado por ser quien eres.
No te empuja a achicarte para caber en la comodidad emocional de otra persona.
El amor sano puede tener retos, claro que sí. Toda relación humana los tiene. Pero una cosa son retos normales y otra muy distinta es vivir drenados, ansiosos y desordenados todo el tiempo.
La paz también es una señal del amor correcto. No una paz perfecta, porque no existe la perfección en las relaciones humanas. Pero sí una paz que no te roba el centro. Una paz que no te obliga a traicionarte. Una paz que no te mantiene en zozobra emocional constante. Y mientras más Dios sana el corazón, más capacidad te da para reconocer eso.
Más discernimiento te da para no confundir intensidad con amor. Más libertad te da para dejar de romantizar lo que te rompe. Más claridad te da para entender que el amor correcto no solo emociona: también edifica, cuida, honra y trae paz.
Amar desde la sanidad también es aprender a no aceptar menos de lo que Dios sabe que mereces.
¿He estado llamando amor a algo que en realidad solo activa mis heridas, mi ansiedad y mi miedo al abandono?
Señor,
Gracias porque has sido paciente conmigo en este proceso de desaprender tantas ideas equivocadas sobre el amor.
Sana en mí toda herida de rechazo, de abandono y de no sentirme elegido/a. Ayúdame a no volver a llamar amor a lo que me confunde, me manipula o me roba la paz.
Enséñame a reconocer el amor sano.
El que no me obliga a disminuirme.
El que no me hace esconder mi voz.
El que no me hace sentir que tengo que ganarme mi lugar.
Quiero aprender a amar desde la sanidad, desde la libertad y desde la paz que viene de Ti.
En el Nombre de Jesús, amén.
Este devocional forma parte de la serie “Amar sin perderse: fe, soltería y sabiduría”, un recorrido para aprender a vivir la soltería con fortaleza, sanar el corazón y buscar el amor desde un lugar más sano, más sabio y más alineado con Dios.
A lo largo de esta serie hemos hablado de espera, heridas, vacíos, discernimiento y puertas cerradas. Y si algo queda claro después de este camino, es que el amor correcto no solo se siente bonito: también trae paz, orden y dirección.