Hay temporadas en las que el corazón se desordena sin pedir permiso.
A veces se apega.
A veces se ilusiona.
A veces se cansa.
A veces se llena de preguntas.
Y muchas veces, en lugar de reconocerlo, tratamos de maquillarlo con frases espirituales, con silencio o con aparente fortaleza.
Pero Dios no nos pide apariencia. Dios nos pide verdad.
No podemos guardar el corazón de verdad si primero no reconocemos cómo está.
No podemos pedir sanidad para lo que seguimos negando.
No podemos hablar de paz cuando por dentro hay ansiedad, apego, tristeza o confusión.
Por eso el primer paso de un corazón que quiere ser ordenado por Dios no es hacer promesas. No es fingir madurez. No es decir “ya lo superé”. El primer paso es presentarse delante del Señor con honestidad.
Decirle: “Señor, aquí está mi corazón.”
Así de simple. Así de difícil. Así de santo.
Aquí está mi corazón; sí está cansado.
Aquí está mi corazón; sí está herido.
Aquí está mi corazón; sí está esperando algo que no sé si viene de ti.
Aquí está mi corazón; sí está luchando entre soltar y aferrarse.
El problema no es sentir. El problema es esconder lo que sentimos y pretender que no nos está afectando.
Dios puede trabajar con un corazón roto. Con un corazón confundido. Con un corazón agotado. Con un corazón que no sabe qué hacer con lo que está viviendo.
Lo que Dios no quiere es que sigamos llamando “control” a lo que en realidad es negación. Porque no se ordena lo que no se reconoce.
Proverbios 4:23 nos llama a guardar el corazón porque de él mana la vida. Pero guardar el corazón no es simplemente cerrarlo o endurecerlo. Guardarlo también implica revisarlo, presentarlo a Dios y permitir que Él trate con lo que allí está ocurriendo.
Hoy no tienes que resolverlo todo. No tienes que saber si debes esperar o soltar.
No tienes que entender cada emoción. Solo necesitas dar el primer paso correcto: dejar de esconderle a Dios lo que ya Él vio desde el principio.
Tal vez tu oración hoy no tenga palabras elegantes. Tal vez solo puedas decir:
Señor, aquí está mi corazón. Ordena tú lo que yo no sé ordenar.
Y eso basta para empezar.
Señor, aquí está mi corazón. No quiero seguir escondiendo lo que siento ni disfrazando mi dolor de fortaleza. Tú sabes cómo estoy por dentro. Tú ves mi cansancio, mi confusión, mi tristeza y mis luchas. Hoy no vengo a explicarte nada como si tú no lo supieras; vengo a rendírtelo. Ordena lo que está desordenado en mí, sana lo que está herido y alinea mis emociones con tu verdad.
En el Nombre de Jesús, amén.
Dios no necesita que le presentes un corazón perfecto; solo uno sincero.
Hoy separa unos minutos para decirle a Dios, sin adornos, cómo está realmente tu corazón. No lo corrijas. No lo maquilles. Solo preséntalo.